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n los 568 días que transcurrieron entre el 31 de julio de 2006 y el 19 de febrero de 2008, el más pragmático y menos ideológico de los Castro esbozó con cierta timidez aquello que el otro, postrado sin retorno, jamás se hubiera atrevido a emprender: una virtual apertura.
Tras la desintegración de la Unión Soviética, más solo que la una en un continente que abrazaba con vano optimismo los ajustes económicos y las privatizaciones masivas, Fidel permitió reformas de mercado. Nunca confió en la iniciativa privada, nociva para el dogma comunista. Pero se animó y después revirtió el proceso. Lo detuvo, como si no hubiera sido el momento oportuno para encararlo.
En los últimos años, sostenido por los favores de Venezuela y China, y por el aumento del precio de las commodities (materias primas), el régimen pudo jactarse de una bonanza que, como en otros países con gobiernos democráticos, no llegó a la gente. Los cubanos de a pie, inocentes de los excesos y las privaciones, no perdieron el acceso gratuito a la educación y la salud, ni dejaron de recibir servicios y alimentos racionados y subsidiados. Tampoco pueden aspirar a más por las limitaciones del caso: salarios magros y placeres prohibidos.
Casi una burla son para ellos sus parientes exiliados en los Estados Unidos o, después de casi medio siglo de monotonía, sus hijos y sus nietos. Cada vez que visitan la isla con las 20.000 visas anuales que concede el gobierno norteamericano gozan de todos los privilegios, como si fueran extranjeros. Lo son, en realidad, aunque sigan ligados a sus familias. No pocos cubanos dependen de las remesas para subsistir.
Apenas triunfó la revolución con la anuencia y la simpatía de la comunidad internacional por la osadía de esos barbudos en derrocar a la dictadura de Fulgencio Batista, la primera generación de exiliados cubanos sentó las bases de la oposición radical, damnificada de los atropellos, las expropiaciones, las nacionalizaciones y la reforma agraria dictadas por Fidel. Esa camada, seguida de otras, convalidó las frustradas invasiones a Cuba que organizaron la Legión Anticomunista del Caribe, apadrinada por el dictador dominicano Rafael Trujillo, y la CIA, asesorada por ex laderos de Batista.
Cometieron un grave error, sobre todo por haber creído que, a raíz de la crisis con la Unión Soviética por la instalación en la isla de misiles con capacidad nuclear, John F. Kennedy iba a enviar a sus muchachos para desalojar la incipiente dictadura. Le impuso como represalia el bloqueo comercial, condenado desde 1992 en las Naciones Unidas por injusto e inhumano. Condenado por la mayoría, ignorado por los Estados Unidos.

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Del bloqueo se valió Fidel para imponer el principio de no intromisión, de modo de prevenirse de aquellos que cuestionan su falta de respeto a las libertades y los derechos humanos. Lo impuso hacia adentro y hacia afuera. Con tanto énfasis que no se le movió un pelo mientras los regímenes militares del Cono Sur secuestraban, torturaban y mataban a mansalva; en ese momento, las compras de granos de la Unión Soviética a la Argentina valían más que los desaparecidos. Por el derrocamiento y el suicidio de Salvador Allende tampoco cambió de actitud. Y no creyó conveniente, quizá por temor a ser el siguiente, el arresto en Londres de Pinochet, supuestamente en sus antípodas ideológicas.
Longevo como Pinochet y Stroessner, entre otros déspotas pretéritos, el gobernante más antiguo del planeta aún no terminó de redactar su testamento. Desde su desmayo en 2001, por el solazo bajo el cual había pronunciado un discurso, cada tropezón de Fidel, como aquel por el que se rompió la rótula izquierda y el brazo derecho en 2004, precipitó la crónica de su muerte anunciada. En 2005, la CIA supo que tenía Parkinson. Al año siguiente, después de haber visitado la casa del Che en Córdoba con su amigo Hugo Chávez, cayó. Y ya no se repuso, pero tampoco ascendió al purgatorio revolucionario.
En medio de adiós, Fidel Castro le aclaró a los Estados Unidos que su renuncia al poder después de casi medio siglo representa el fin de una etapa en Cuba, pero no de su sistema socialista.
En el primer texto publicado desde su retiro, Castro rechazó los comentarios del presidente George W. Bush y de los precandidatos a sucederlo en la Casa Blanca de que su salida del poder despeje el camino para un cambio democrático.
"Estoy de acuerdo, ¡cambio!, pero en Estados Unidos. Cuba cambió hace rato y seguirá su rumbo dialéctico. ¡No regresar jamás al pasado!, exclama nuestro pueblo", escribió Castro en un ensayo publicado por Granma.
"No es lo mismo el fin de una etapa que el inicio del fin de un sistema insostenible", añadió.
El enfrentamiento con Estados Unidos, que aplica desde hace más de 45 años un embargo comercial contra la isla, marcó su vida política desde su revolución de 1959.
En estos días, Fidel reveló algo que nunca había salido de su boca ni de su puño y letra: quiso mostrar que empieza a dejar de ser Cuba, pero Cuba, en su fuero íntimo, nunca dejará de ser él. Con su consentimiento, el diario Granma , órgano oficial del Partido Comunista, devaluó el título de su columna: de Reflexiones del comandante en jefe pasó a ser, como otras veces, Reflexiones del compañero Fidel .
En ella advirtió: "Tal vez mi voz se escuche". Se jubiló, pero, más allá de la mera confirmación de su ocaso y del inminente final de una era, delató su último deseo: vigilar hasta su propio funeral
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