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Una oyente de mi programa de radio que
a menudo también sigue esta columna
me reconoció en el metro y me preguntó
porqué no hablaba de Dios, como si uno
pudiera hablar de Dios en un viaje de cinco
minutos y llegar a la cita sin problemas.
Eso fue hace unos tres meses. Desde
entonces me ha estado rondando la idea
en la cabeza y lo primero que tengo que
decirle es que no se puede: el concepto de
un ser omnipotente que está en el cielo, en
la tierra y en todo lugar, como enseña el
catecismo, es demasiado para un trayecto
tan corto.
La vida es breve, advertía Hipócrates.
Dilucidar la idea de Dios toma tiempo y
requiere además un alto grado de fe (del
que carezco) y una convicción digna del
esfuerzo.
Como muchos, crecí en la iglesia católica.
Recibí los sacramentos que prescribe el
rito, y en ese tiempo estuve tan cerca de la
iglesia como puede estar un niño de doce
años que despierta a media misa porque le
cae en la cabeza la cera de las velas que
lleva en procesión.
En todo caso, Dios era entonces un ser al
que había que temer porque tenía en sus
manos el destino del alma y de todo lo de
más. Si uno hacía cosas prohibidas se iría
al infierno sin remisión, y si uno observaba
los mandamientos tenía garantizada la vida
eterna.
La primera duda era sobre la vida eterna.
¿Dónde se vive la vida eterna?, ¿entre
quiénes?, ¿cómo es?, etcétera. La segunda
duda era sobre la perspectiva de pasar la
eternidad con la tía cuya vida fue ejemplar.
La tercera duda era sobre la existencia de
Lucifer.
De Lucifer, o sobre él, leí hace años el
ensayo de Giovanni Papini, que me dejó
atónito porque fue la primera vez que alguien se encargaba de pensar en el Diablo,
Satanás, el ángel caído. El problema de la
tía lo resolvía el hecho de que siempre fue
cariñosa y generosa con mi madre. La cosa
de la vida eterna escapaba a toda comprensión.
Sin embargo, la idea de un dios omnipotente pero ocupado en juegos del albedrío y
la debilidad humana me decepcionó, y dejé
de ocuparme, lo confieso, de reinos que
no fueran de este mundo... Pero de vez en
cuando, como cuando me habló la lectora,
me da por pensar en el tema.
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Pensé, pero no mucho. Después de todo,
la idea que tengo de Dios dista de ser la
que divulgaron en cromos y estampitas, un
hombre blanco, barbado, rodeado de luz,
que es infinitamente misericordioso pero
abso-lutamente implacable.
El Dios de las religiones tampoco me interesa. El Alá de los talibanes por el que mata
Osama Bin Laden que además ha prohibido
la risa, la música, el juego, no puede ser mi
dios. Ni puede ser mi dios el de la iglesia
vaticana, en cuyo nombre se cometieron
atrocidades. Me parece que otras religiones
pecan de lo mismo. En todo caso, la mujer
de Dios, como la de César, no sólo tiene que
ser pura sino además parecerlo.
Y como no puede uno pensar en dioses
ajenos, pensar en Dios equivale, por tanto, a pensar en nuestra propia existencia. ¿Qué soy, por qué soy, para qué soy?, son
preguntas cuya respuesta está lejos de ser
concreta y contundente. Cada quien sabe o
ignora lo que ignora o lo que sabe.
Hay veces en que uno se atreve a detenerse
y piensa en esas cosas. El origen, el fin,
la razón. Lo más seguro es que no se trate
de un ejercicio vano. La vida espiritual,
en cualquiera de sus manifestaciones, sus
formas y sus modas, es lo que sostiene al
ser humano. La vida interior, además de la
risa, nos hace semejantes a los dioses...
Y las palabras. Porque un día las palabras
terminan por asomarlo a uno a la inmensidad, y en ese atisbar en el abismo que dura
un parpadeo, más ilusión que imagen, uno
ve. Ese abrir y cerrar nos muestra a Dios,
dentro y fuera, aunque no sirva de mucho
para cambiar el final de la historia.
Viéndolo bien, Dios o el ángel, que es él
mismo y los demás, es aquel con quien
hablamos cuando no hablamos con nadie,
como señaló Machado. Y es suficiente para
aceptar, de una vez por todas, que no somos
nadie aunque nos hayan creado a imagen y
semejanza.
Eso pienso de Dios. Pero no puede explicarse.
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